
Polvazos de película
Hieros Gamos
Cuantas veces hemos estado viendo una película y en un momento dado la escena se pone un poco más subida de tono, los protagonistas comienzan a besarse apasionadamente y una música que nadie sabe de donde sale, empieza a ambientar la escena. Se arrancan la ropa tirándola por cualquier lado. Ella perfectamente depilada. Él también. Tras frungirse un poco aquí y allí, tirar los cacharros del desayuno, que aún decoraban coquetamente la barra americana de la cocina y entrar a cámara lenta en el dormitorio mientras una brisa levanta levemente las cortinas blancas de las enormes cristaleras que bañan la estancia con la fría luz de la luna, ellos se dejan hacer en la cama al ritmo de la dichosa música, fundiéndose en un solo cuerpo hasta alcanzar el éxtasis simultáneo en la perfecta sincronía del tango horizontal.
Entonces tú piensas que con la mierda de ventana que tienes en el cuarto no hay manera de que la luz de la luna bañe delicadamente las sábanas de tu cama. En realidad como la ventana da a un patio interior en un segundo piso tampoco puedes ver la luna. Es más, ni tan si quiera tienes sábanas porque en tu casa hace un frío del cojón y te pasas la mitad del año con el nórdico puesto. De lo malo malo, al menos cuando te pones al lío no sale música de la nada, que con ese coñazo de cantinela tiene que ser muy complicado concentrarse en el metesaca.
Pues sí amigas y amigos del trote, el cine nos miente y mucho además.
Nos tiene que quedar claro que el cine no es más que una enorme mentira consensuada, una ficción cuyo único objetivo es el de entretener durante un rato más o menos largo. Del mismo modo que sabes perfectamente que si saltas por una ventana no vas a volar por mucho que te ates el mantel del Ikea al cuello a modo de capa, también tenemos que tener claro que las relaciones sexuales que muestra el cine son mera ficción.
La vida real es mucho más compleja… y simple. Es más compleja porque nos rodean multitud de factores y detalles que no se ven contemplados en el mundo del cine, empezando por nosotros mismos ya que en las películas, los personajes suelen ser bastante planos en lo que a personalidad se refiere mientras que nosotros podemos mostrar una versión diferente cada día dependiendo de si hemos tomado a tiempo el café de la mañana o no. A la vez es mucho más simple porque no le tenemos que dar tantas vueltas al asunto: follamos cuando y como nos apetece.
Es más, el mundo real está cargado de esas pequeñas cosas que lo hacen maravilloso como follar con calcetines o sin depilar, meternos debajo del nórdico en invierno y hacer el Kama Sutra Polar intentando destaparnos lo mínimo posible, hacer el idiota, decir estupideces, reírnos cada dos por tres, terminar uno antes que el otro y esforzarse por dejar a tu pareja satisfecha. Esos polvos mañaneros despeinados y en pijama o ese sorpresivo aquí te pillo aquí te mato sobre la cesta de la ropa sucia. Naturalidad y espontaneidad, vaya.
Pero claro está, el cine tiene sus cosas buenas pues nos enseña un camino para las fantasías: las veladas preparadas, con pescado al horno y velitas, pétalos de rosa en la cama, Barry White sonando de fondo y algo de champán para calentar el alma. Vestirse bien y venirse arriba al desvestirse, crear el momento, la intimidad y sensualidad. Romper la rutina y jugar la fantasía de por un momento ser un elegante George Clooney o una sexy Scarlett Johansson.
Nadie puede vivir una vida sexual así de forma perpetua, sería un maldito estrés, pero oye, de vez en cuando, dejarse llevar por la imaginación y currárselo un poco es más que bueno. Es necesario.