
Busca y Captura II. Momentos infernales
Juliette
Me dormí plácidamente pensando en vaqueros, con los que cabalgaba desnuda.
Cuando me desperté, estaba totalmente húmeda, y con una necesidad animal de frotarme contra otro cuerpo. Sentir el contacto de otra piel contra la mía, caliente y palpitante, deseosa de sentir su tacto.
Pero al comprobar que nadie había acudido a mi llamada lujuriosa, sentí que la frustración inundaba mi cuerpo. Una mezcla de enfado y tristeza me invadía.
¡Pero decidí que dejarme abatir no era mi estilo! Así que encendí la música, y a ritmo de rock´n´roll, comencé a danzar desnuda por la estancia.
Mi danza tribal devolvió la energía sexual a mi cuerpo. Sin dejar de moverme cogí un vibrador pequeñito, que suelo llevar siempre en mi bolso, y comencé a pasármelo por todo el cuerpo. Mis músculos se comienzan a tensar, buscando el pequeño juguete.
Pero yo misma me hacia espera sin tocar ninguna parte erógena, lo que hacía que mi excitación fuera en aumento, más y más. Los olores dulces de mi entrepierna subían embriagando todo mi ser. Con las contracciones provocadas por mi vagina, y mi vulva, estaba llegando a unos niveles de excitación que hacía tiempo que no alcanzaba. Danzaba poniendo todo mi cuerpo en movimiento, de una forma salvaje y libre.
Quizá últimamente me había obsesionado demasiado con buscar nuevos sementales, y lo que necesitaba realmente era un recogimiento en mi misma, y un mimarme como si lo descubriera por primera vez.
A ritmo de la música que sonaba en ese momento, contoneaba mi cadera en círculos, y hacía delante,… y hacía atrás, como buscando a un ser etéreo que calmase mi sed infinita de contacto.
Mis dedos acariciaban todo mi cuerpo. A veces suavemente, leves caricias, que hacía que se me erizaran los pelos de puro placer. Y otras apretaba con fuerza mi carne, clavando mis uñas, hasta que la mezcla de dolor y placer hacia que un suspiro ahogado se escapase de mi garganta.
El pequeño vibrador recorría sudoroso mi cuerpo. Empecé a rozar mis erectos pezones, casi sin tocarlos, como un susurro al oído. Mis deseos de penetración eran bestiales. Pero seguí resistiendo, aumentando exponencialmente mi locura lujuriosa.
El sudor dibujaba mi cuerpo, y me acerque a contemplarlo en el espejo de pie de la habitación.
Me sentía sexy, muy sexy, me gustaba, me contemplaba sudorosa, con la boca entreabierta, intentando aspirar el aire que me faltaba. Me excitaba verme así, contemplándome con ojos ajenos. Como cientos de ojos me habían contemplado antes.
Excitada, bella, como todo mujer que se siente ardientemente deseada. Pero ahora, el otro ser que observaba era yo. Este juego de dualidad me estaba llevando al paraíso de la excitación.
El infernal aparatito hacía temblar mis muslos, los recorro de arriba abajo. Una mano se apoya en la cómoda, dejando a mi cuerpo en posición inclinada, mientras la otra somete a mis muslos a unas excitantes vibraciones, torturándome cada vez que se acercaba a mi ardiente caverna. Por el interior de mis muslos un flujo transparente se deslizaba poco a poco, dejando su huella caliente mientras caía.
El vibrador se deslizaba juguetón guiado por mi mano, llegando al linde de mis labios, que henchidos de sangre, palpitaban esperando ansiosos que alguien los rozará. El juego con el vibrador siguió dibujando el contorno de mi culo, en pompa, que buscaba algo con lo que saciar esa infernal necesidad de penetración.
Pero el travieso juguetito solo le rodeaba, los nervios del contorno respondían, contrayéndose cada vez que se acercaba por sus posesiones. Pero castigador retornaba para volver a dibujar esas redondeces que ofrecía mi cuerpo.
Este juego de seducción conmigo misma me estaba resultando liberador. Mis ansias de sentir otro cuerpo dentro de mi eran tremendas, pero la contención del mismo me llevaba a un estado de delirio que hacía que mi cabeza comenzase a divagar.
El entorno de la habitación se me tornaba ya borroso, y mi templo ya solo se esforzaba en sentir. Sentía los poros abiertos de par en par derramando sudor a doquier, mientras el olor de mi excitación me embriagaba, y se introducía por mis fosas nasales, que inspiraban con fuerza, buscando el aroma de ese néctar delicioso.
No me pude resistir y mis dedos recogieron prestos un poco de esa humedad derramada por mis muslos. Y como un animal que busca su presa, me lo acerque a mi nariz, que parecía que lo relamía mientras lo olfateaba con devoción.
Mis ojos tornados favorecían que entrase en un estado de embriaguez absoluta. Ahora sí, comencé a tocarme, primero el monte de Venus, para pasar a recorrer mis labios mayores, luego suavemente los menores. Mis dedos hábiles comienzan a hurgar por esas cavidades que tantas veces habían recorrido.
Mi cuerpo totalmente receptivo les acoge abriendo cada vez más la cavidad infernal.
Comienzo a masajear mi clítoris, que está ya pletórico, hermoso y palpitante, deseoso de llevarme al éxtasis.
Me arrodillo en el suelo a cuatro patas, apoyando mis hombros y cabeza suavemente en un enorme cojín, para dejar libres a mis manos que me recorren juguetonas. Mi clítoris y mi ano reciben gustosos a esos dedos resbaladizos que los recorren.
De pronto una voz retruena a mi espalda.
-Juliette, eres una diablesa lujuriosa sin remedio. Necesitas a alguien que te redima de tus pecados.
Por el hueco de mi sobaco atisbo a ver aturdida a un chico vestido de cura, ¿o sería un cura realmente?
Como si de una aparición se tratase hago caso omiso de su presencia, y sigo con mi danza infernal. Jadeo cada vez más, y el beato de mi espalda sigue con su descenso sin inmutarle mi pose de perra en celo.
-He traído agua bendita, y algunos instrumentos purificadores, bendecidos para quitarte tu enfermedad. He venido decidido a curarte Juliette ¡no te resistas!
De pronto noto como un líquido frío se desliza por mi culo, hasta acabar su viaje en mi ano, excitándome sobremanera.
El supuesto clérigo comienza a introducirme los dedos en él orificio totalmente humedecido, mientras yo sigo friccionando mi clítoris cada vez con más intensidad, subiendo el ritmo, cuanto más me introduce sus dedos.
De pronto saca sus dedos, y el contacto de un artilugio frío alrededor de mi ano, hace que sienta un escalofrío por la nuca.
-No te resistas Juliette – me repite como un mantra
El aparato comienza a vibrar mientras me lo introduce cada vez más profundo, a la vez que agarra mi larga y roja melena, estirándome de ella al compás de las embestidas.
Vuelvo a cerrar los ojos, y dejo que mi cuerpo reciba esa infinidad de estímulos. Mi estado de embriaguez solo me permite centrarme en las sensaciones, y la voz del intruso me suena lejana y débil.
-¡Juliette, yo te salvaré, regresarás al buen camino!
Las embestidas son tan fuertes, que tengo que apoyar una mano sobre la pared, para no golpearme la cabeza sobre ella. Noto como un intenso orgasmo se acerca inminente.
¡Ya está aquí! Grito tan fuerte, que mi garganta se seca, dejando caer al final un suspiro ahogado. Mi cuerpo se derrumba sobre el suelo, a la vez que noto el aparato deslizarse fuera de mi cuerpo.
Me quedo ahí exhausta un largo rato.
Cuando recobro las fuerzas y comienzo a ponerme de pie, no acierto a ver a nadie en la habitación, e incluso llego a dudar que haya estado nadie realmente, y que no haya sido todo una ensoñación producto de mi imaginación.
Aturdida todavía, me voy al baño a darme un relajante baño de espuma. Enciendo el grifo, y el agua caliente inunda la estancia con sus vahos. Me siento en el váter esperando a que la bañera se llene. Relajada, agotada del esfuerzo.
¡Qué más da si había sido un sueño o realidad esta sesión de sexo! curiosamente había sido de los mejores de mi vida, y el saber que puedo llegar a más era fantástico.
Distraída en estos pensamientos veo extrañada como el vapor comienza a dibujar algo, de momento indescriptible, en el espejo del baño.
Al principio no distingo el qué, pero poco a poco voy descubriendo letras sueltas. Me quedo con la mirada fija esperando que se defina. Comienzo a distinguir palabras, y finalmente acabo leyendo una frase.
“Cuando el bien y el mal se encuentran, el universo enloquece”
¡Bendita locura pienso, o infernal locura, que sé yo…pero bienvenida sea!
¡¡Qué disfrutéis pecadores!!