
Master of Sex
Juliette
Las vacaciones se acabaron, y ya vuelta a la rutina.
Mañana es lunes, y tengo clase desde las 8 de la mañana. Hace dos años decidí dejar de estudiar, y mi padre me dio un ultimátum,
– O sigues estudiando, o te pones a trabajar en la tienda –
La opción era clara, seguiría estudiando, porque la idea de pasarme los siguientes años detrás del mostrador de la ferretería de mis padres me daba alergia, ¡que aburrimiento!
Así que seguí con la Formación Profesional, Psicoterapia Sexual y Sexología Clínica, el sexo siempre ha sido para mí un medio y un fin, es lo que hay. Ahora estamos con el proyecto fin de curso, no sabía que tema elegir hasta que el otro día zapeando, me encontré en uno de los canales privados una serie nueva con un título muy atrayente, “Master of Sex”. Me pareció una muy buena idea para mi futuro trabajo.
La serie narra la vida de un ginecólogo, William H. Masters, y de una psicóloga, Virginia E.Johnson, que, utilizando primero a prostitutas -creyendo que nadie más querría participar- y luego a más de 600 voluntarios, mujeres y hombres, e incluso matrimonios, realizaron la investigación más completa hecha jamás sobre la fisiología del coito y el orgasmo. Me chocó que no fuera ficción, la libido se me disparaba viéndola, la verdad.
Investigaron miles de copulas y masturbaciones, utilizando todo tipo de aparatos, incluso falos artificiales con una cámara en su interior. Como anécdota contar, que los investigados necesitaban de tres a seis sesiones para acostumbrarse a la falta de privacidad. En la serie los protagonistas habilitan una habitación con un cristal transparente donde copulaban y se masturbaban los estudiados, y al otro lado ellos observaban, y tomaban notas.
En 1996 publican “Respuesta Sexual Humana”, intentaron escribirlo en un lenguaje enrevesado para que no se comercializará de forma sensacionalista, pero finalmente se convirtió en bestseller, y ellos se hicieron famosos.
En la serie suceden los diferentes romances de ambos, por un lado, y entre ellos, él estaba casado, y finalmente se divorció y se casó con su compañera.
Su estudio se centro en las disfunciones (impotencia, eyaculación precoz, vaginismo…), y así nació la terapia sexual para solucionar esta clase de problemas.
Sexo, disfunciones y terapia sexual, lo tenía todo. Solo tenía que pensar como le iba a dar forma. Primero pensé en hacer un reportaje, con entrevistas, donde preguntaría a la gente sobre sus problemas sexuales, pero no resultó. Primero, no encontraba gente adecuada, comencé a hacer preguntas sobre ello en el entorno más cercano, pero parece ser que nadie tenía problemas, todo el mundo disfrutaba de una vida sexual excepcional.
No era el camino, tenía que discurrir algo atrayente, que llamará la atención y que me permitiese hacer un estudio serio, pero no se me ocurría nada.
No se me ocurrió hasta la semana pasada, en que quede en casa de mi amiga Nadia para una reunión de tupper-sex. La velada fue súper divertida, y descubrí un montón de artículos que no sabía ni que existían. Así que pensé porque no hacer una reunión parecida, pero dando un paso más hacia delante, utilizaríamos ese tipo de artículos para masturbarnos, en un principio cada uno, o una, en un cuarto, y apuntaríamos las impresiones en un cuaderno: apuntes como, me gusta o no, me he excitado rápido, lo he utilizado de esta u otra manera, cuantos más datos mejor.
Solo tenía que encontrar unos cuantos voluntarios, y voluntarias, y explicarles lo que quería hacer, solo…
Al principio me costó bastante, pero me di cuenta de que lo estaba vendiendo mal. Les pedía un favor, que me ayudaran en mi proyecto de fin de curso, pero cambie la estrategia. Les regalaría productos de sex-shop exclusivos, pero a cambio me tenían que anotar sus impresiones.
La cosa cambió, no hay nada como ofrecer algo gratis. Se fueron apuntando algunos amigos y amigas, cada vez más, el boca a boca funcionaba, y cuando llegamos a 10 cerramos la lista. El proyecto lo haríamos entre 3, así que finalmente seriamos 13, – buen número – pensé.
El centro nos daba una pequeña subvención para sufragar los gastos del proyecto, pero aún así tuvimos que poner dinero. ¿Merecería la pena?
Lo primero comprar los artículos, y poner una fecha. Sería en la casa que compartían mis dos compañeros de grupo, un piso de estudiantes con 3 habitaciones.
Paradita en el sex-shop, uno de esto, otro de aquello, vibradores con nombres sugerentes como Pocket Rocket o Rabbit, cogimos también algo de lubricante, y listo, catorce artículos en total, incluido el lubricante de maracuyá.
Quedamos en reunirnos todos el sábado. Preparamos el piso para que estuviéramos en un ambiente agradable y relajado. Bajamos las luces, pusimos velas por todos los lados, incluidas las habitaciones donde pasaríamos a masturbarnos. Y llenamos el ambiente con un espray de feromonas que nos vendió el convincente vendedor del sex-shop.
Pensamos que lo mejor sería empezar poco a poco. Unas cervecitas, algo de picar, y una maratón de cine. Empezaríamos con películas eróticas, y según la gente se fuera excitando deberían elegir un artículo y retirarse a una de las habitaciones a masturbarse, y apuntar después las impresiones, con pelos y señales, esto era un estudio serio.
La gente comenzó a llegar, les pedíamos que se sentaran en el lugar del sofá donde quisieran, y les ofrecíamos una cervecita, para empezar a desinhibirse. La idea era tomar algo para romper el hielo, pero no emborracharnos, demasiado alcohol no favorece como bien sabíamos.
En total éramos 8 hombres y 5 mujeres. Instintivamente se fueron sentando hombres por un lado y mujeres por otro.
Era hora de poner la primera película. La elegida fue Kamasutra, una película erótica india moderna, de la directora Mira Nair. Una película que fue nominada a la Concha de Oro en el Festival de San Sebastián en el 96. Erótica pero sin sexo explícito. Parecía que de momento nadie movía ficha. Yo ya estaba caliente, pero no quería ser la primera en moverme, así que respire hondo, y a por la segunda película.
Pusimos una mítica, “El último tango en París”. La escena de la violación por sodomización de Brando a la jovencísima Maria Schneider, utilizando mantequilla como lubricante, había estado siempre rodeada de polémica, ya que la actriz siempre mantuvo que la violación estaba fuera del guión y que fue todo real, incluso sus lagrimas.
Parecía que la cosa iba cogiendo calor. El sector masculino empezaba a moverse en el asiento, la mayoría intentaban recolocarse sus miembros ya erectos en el pantalón. Y las féminas más discretas apretaban los muslos e incluso basculaban suavemente la pelvis arriba y abajo. Esto iba más que bien. Ambos grupos se miraban de soslayo, y de vez en cuando se oía alguna risita nerviosa.
Solo había que esperar, no tardarían en ponerse en marcha para ir a masturbarse a los cuartos. La mesa con los juguetitos estaba a un lado, junto a las chicas, y todos la escrutaban. ¿Habrían elegido ya su preferido?
Una vuelta de tuerca. Garganta profunda, todo un clásico de la felación.
Yo iba moviéndome pasando alguna cerveza o los platos para picar. Me coloque detrás del sofá para observar mejor la escena, y para ocultar que estaba como una moto, notaba mi entrepierna totalmente mojada, y me moría por tocarme. De hecho tenía ya elegido el juguetito, un “conejito rampante”, que según me explico el vendedor, la parte central se introduce en la vagina, donde gira y estimula el punto G, y las perlas de la base estimulan la parte inferior, mientras las orejitas del conejito que lleva acoplado estimula el clítoris. Ummmm no podía evitar contraer y soltar los músculos vaginales. ¡No aguantaría mucho más!
Desde detrás pude ver como dos de los masculinos habían pasado a tocarse, uno directamente se había metido la mano por debajo del pantalón y sin pudor comenzó a meneársela, provocando de nuevo risitas nerviosas por parte del sector femenino. Otro que estaba en la esquina del sofá había adoptado una postura lateral de forma que daba la espalda al resto, y así podía tocarse con mayor discreción. Pero nadie se movía…
Quedaban tres películas, me estaba empezando a poner nerviosa el hecho de que nadie hubiera ido ya a masturbarse. Les recordé de nuevo las características de los objetos, ya que algunos eran específicos para hombre o mujer. ¿Se animarían con la siguiente?
Llegaba uno de los platos fuertes. Edge Play, la fantasía de la violación vista por Veronica Hart. Esperaba que fuera la película definitiva, donde alguno arrancará. Mis otros dos compañeros me miraban cómplices, Uno de ellos se reía resoplando mientras me señalaba con los ojos su bulto más que evidente. Yo le respondí mordiéndome el labio, no podíamos más…
A mitad de la película una de las chicas se levantó y se dirigió a la mesa de los pecados. Cogió un vibrador poco más ancho que un pintalabios. Pero no se movía, seguía mirando la mesa. Se respiraba en el ambiente una tensión evidente. De repente hizo algo inesperado, eligió también un masturbador masculino, sin dejar el otro, una especie de tubo donde el susodicho debería introducir la polla y masturbarse con ella.
Sin dejarnos tiempo a reaccionar se dirigió hacía el chico que se tocaba en la esquina, se sentó a su lado, en el reposabrazos del sofá, y sonriéndole le separó la mano con la que se tocaba, y con un movimiento rápido le soltó los botones dejando que su polla erecta saliese como un muelle. Sin dejar de sonreírle, le introdujo la misma en el masturbador. El chico le miraba fijamente, y le sonreía también. Seguido le cogió de nuevo la mano y se la coloco en el masturbador animándole con movimientos, arriba y abajo, a que él se masturbará. El chico así lo hizo, y ya tomo una postura totalmente relajada en el sofá.
Este giro inesperado de los acontecimientos hizo que un sudor frio me recorriera la nuca. Eso no era lo acordado. Comencé a moverme hacía ellos con idea de recordarles que tenían que ir a un cuarto. ¡Esto era demasiado!
Pero uno de mis compañeros me hizo un gesto brusco con la cabeza, me decía que no, que lo dejará así. El otro asintió dándole la razón. Dos contra uno. Me volví a la parte posterior, e intenté seguir viendo la película.
La chica se recostó en el reposabrazos y sin reparos se bajo los pantalones y las bragas, abrió sus piernas puso en marcha el pequeño vibrador y comenzó a masturbarse.
El resto se miraban nerviosos, pero nadie decía nada. Pasamos a ver Three Daughters, obra maestra sobre el cunnilingus de Candida Royalle.
Yo estaba enfadada, no me gustaba que me cambiaran los planes. Pero nadie más parecía molesto. Enseguida se levantaron otras dos chicas y tres chicos. Una de ellas cogió mi conejito, mi enfado iba in crescendo, ¡ya no tenía ganas de tocarme! Los cinco volvieron a sentarse en el sofá y comenzaron a desnudarse. Una de las chicas se sentó encima de un chico moreno que había cogido un anillo vibrador para el pene. Y Sin tocarle comenzó a masturbarse con su vibrador elegido. Los dos miraban como se masturbaba el otro, pero sin tocarse entre ellos.
Uno de mis compañeros y los otros tres que faltaban pasaron por la mesa y volvieron a situarse unos en el sofá y otros directamente en el suelo. Estaba claro que todos estaban muy cómodos en esta bacanal, menos yo.
En cuanto acabó la película procedí a poner la última. Ya solo pensaba en que todo esto acabase, me sentía incomoda con toda esta gente tocándose y gimiendo. En el ambiente se empezaban a mezclar los olores. Olía a sudor y a sexo, a humedades, un dulzor perfectamente reconocible recorría la sala.
La última cinta, The New Devil in Miss Jones, la mejor película sobre el poder sexual de una mujer.
Sin empezar a ver la trama, una chica se comenzó a frotar contra la pierna de un chico, mientras él se masturbaba. Su cara era de puro éxtasis. Se movía frenética arriba y abajo chocando con fuerza contra la pierna de su masculino elegido. Él aprovechaba su mano libre para tocarle los pechos, que se movían sin control.
Mi otro compañero se acercó y me cogió del hombro, yo le pegue un brusco empujón hacía atrás. Pero el volvió de nuevo y sin previo aviso me introdujo la mano por el pantalón, por debajo de las bragas, introduciendo sus dedos por mi vagina. En un principio intenté zafarme, pero me cogió firmemente la cadera y me presiono hacía él, susurrándome al oído.
– Relájate, terminemos esto –
A pesar del enfado seguía empapada, y mi amigo tenía buena mano, me deje hacer. Me empezó a mordisquear la oreja, y yo solo podía pensar en la escena de “La ardilla roja” de Julio Medem, donde el chico le recuerda a su novia amnésica las cosas agradables de su vida, el chico le dice…
– Me gusta cuanto te montas encima de mí, me aprietas tus piernas con mucha fuerza, me encanta que te frotes contra mí, y que me metas los dedos en la boca…
El ritmo de los dedos de mi amigo aumentaba, yo me curvaba para poder abrir más las piernas y dejarle llegar bien a mi clítoris mientras balanceaba la cadera en círculos buscando su mano. La escena de la película seguía en mi cabeza. El chico le pregunta:
– Y a ti, ¿qué te gustaría que te hiciera?
A lo que ella contesta:
– Que me metas mano por detrás, hasta el fondo, y hacía delante, y que me levantes del suelo. Luego que me aprietes el pezón con los dedos, o mejor con los dientes…
– ¿Qué te haría gritar de placer? – insiste el protagonista
– Lo que me vuelve loca es que me muerdas, no muy fuerte, pero no flojo. Tienes que morderme por todas partes… – le susurra ella
Mi amigo, como si intuyera mis deseos, sigue mordiéndome, y comienza a bajarme el pantalón. Me penetra con fuerza, y yo gimo de placer. El ritmo sube, ya nadie mira la película, en una esquina se ha formado un trío, una chica está montando a un masculino, mientras otro compañero la penetra analmente. No alcanzo a ver al resto, estoy agarrada al sofá con fuerza mientras intento acoplarme a los embates de mi compañero. Llevaba un tiempo sin follar, y mi corrida es bestial.
Jadeo intentando recobrar la postura. Me voy vistiendo, y como si se tratará de una jornada habitual, doy un cuaderno, y un bolígrafo a cada participante. Y todavía con el hablar agitado, y sin haber recuperado la respiración normal les digo:
– Por favor intentad contestar a las preguntas que aparecen en los cuadernos, y haced cuantas más observaciones mejor. Lo necesitamos para mañana, a más tardar. Gracias por vuestra participación. ¡Buenas noches!
Dicho esto, y sin dejar de atusarme el pelo, totalmente revuelto, cojo a mi compañero por el cinturón y me lo voy llevando a su habitación.
– Tú y yo todavía no hemos acabado. Tenemos que completar el estudio…
Mi periodo de abstinencia había terminado. ¡Me dispuse a recuperar el tiempo perdido, todo por la ciencia!