
Salseando
Barbarella
Desde hace un tiempo voy a clases de salsa. Al principio no me motivaba mucho la idea, porque la gente suele ir con su pareja, y a mi los ambientes “parejiles” no me llaman mucho, pero me animé, todo por mantener un poco la forma. Además he tenido mucha suerte, porque en este grupo, aunque escasean los masculinos, los vamos rotando y así evitamos eso de que siempre le toque a una hacer de chico.
Me gusta ver bailar a los masculinos, otra de mis debilidades. Además al ser un baile en pareja se fomenta la comunicación no verbal, los roces, las miradas, una serie de coqueteos que, coreografiados o no, tienen su puntito, como diría mi amiga Irina “a frotar cebolleta”. Entre clase y clase, mi radar se centró en un masculino con el que tengo una complicidad especial. El caso es que no me animaba a ampliar mi minizoo, porque no estaba segura de si estaba casado o soltero, y no es que tenga dilemas morales con el estado del masculino, pero me gusta tener un minizoo diversificado y con un casado ya tengo más que suficiente.
Los casados al principio parecen ser una opción muy cómoda, pero a la larga resultan un poco cargantes con sus movidas morales que por alguna extraña razón terminan siendo un recurrente tema de conversación; no llegan a comprender que “lo de fuera” tiene que ser divertido. Al parecer no tienen suficiente con una amante activa, tienes que ser su psicóloga-confesora en plan “yo te absuelvo de tus pecados, la culpa no es tuya, es mía que te seduzco con mi fruta prohibida”, así se quedan mucho más tranquilos. De hecho en el tema sexual empiezan con mucho empuje y al final terminas quedando para charlar, pobrecito, “un buen chico que luchó por no caer en mis encantos…”, estas chapas tendrían que ser una nominación automática en mi minizoo, pero lo dicho, soy una sentimental. Algo que tengo que enmendar, algún día, si quiero optimizar mi gestión.
Dejando aparte el tema de los casados, el masculino danzarín está soltero, bueno, tiene unas cuantas follamigas, pero no soy celosa, allá cada cual con sus minizoos. En este punto os podéis imaginar que mi naturaleza proactiva se activó con el objetivo de eliminar toda tensión posible, más aún si es sexual. Entre mirada, y mirada, risa coqueta, y roce no tan casual, un bombardeo de señales para dejarle claro que si quería habría mambo, pero como no confío mucho en la efectividad del lenguaje no verbal y tampoco me ha funcionado nunca la telepatía, opté por proponerle tomar algo después de clase. El plan era casual y perfecto, una clase de danza en la discoteca “Salseando” y después hasta que el cuerpo aguante los bailoteos. La clase fue muy básica pero después empezamos a animarnos, unas vueltitas con mirada de aquí te pillo aquí te mato, y del calentón al baño…Hacía mucho tiempo que no me empotraban en el baño. Me excita pensar que hay alguien esperando fuera. Imagino que pueden mirar a través de un agujerito y disfrutar del espectáculo como en una película. Inconscientemente miro la puerta, visualizo el momento en el que empiezan a aporrear la puerta. Me pone su enfado, y más el momento en el que por fin salimos.
Maldita o bendita impaciencia…
Ummm este masculino se mueve pero que muy bien, y cual gatita juguetona me relamo recordando este épico empotre. Sin duda seguiremos bailando…